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La Agricultura y el Pago del la Tierra El problema fundamental de la agricultura estaba relacionado con los espacios para el cultivo; había carencia de terrenos destinados a la labor agrícola y a la construcción de casas. El problema de la tierra existía ya antes de la emancipación de los esclavos en 1863, y algunos de los antiguos esclavos continuaron, luego de su libertad, viviendo en las plantaciones, bajo el sistema de paga-tera, sistema semifeudal, conforme el cual podían permanecer ahí con una parcela para vivir, plantar y a veces tener ganado como cabras, gallinas y puercos. Con el incremento de gente libre en Curazao, luego de la emancipación, aumentó también la demanda de parcelas de tierra. La escasez de terrenos fértiles y libres negaba la posibilidad de subsistir en calidad de agricultores independientes y producir, al menos, lo esencial para el consumo propio como por ejemplo el maíz, alimento muy importante desde los tiempos de la esclavitud; durante aquel periodo el trabajo de los esclavos se basaba fundamentalmente en el cultivo, cuidado y cosecha de este grano.(15) Después de la emancipación, algunos antiguos esclavos siguieron viviendo en las plantaciones bajo el mismo sistema de paga-tera. A cambio, tenían que hacer trabajos para el dueño, como cultivar su tierra, cortar leña, quemar carbón y otras labores. En algunas plantaciones se destinaba un cierto número de días durante la temporada de plantar hasta la cosecha de maíz (16) en los que los antiguos esclavos tenían que laborar para el dueño, sin recibir salario alguno. Durante el resto de los días obtenían un pago consistente en un kilo de harina de Shorgum vulgare o de maíz, además de algunos centavos. Esta forma de vivir continuó a veces como una tradición de generación en generación hasta que algunos de sus descendientes conseguían un terreno del gobierno para dedicarlo a la agricultura y a la construcción de su casa.
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• Fuentes
Consultadas • Notas • Resumen
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A primera vista, este sistema de paga-tera parece ser un sistema de dependencia mutua, que beneficiaba tanto al dueño como a los antiguos esclavos, pues permitía a los dueños de las plantaciones contar con una fuerza de trabajo durante el periodo más arduo de trabajo en el año. La escasez de obreros y la consiguiente elevación de los salarios fue una de las angustias y preocupaciones principales entre los dueños de las plantaciones, luego de la emancipación de los esclavos (Renkema, 1981a, 150). En este sistema los dueños de las plantaciones no tenían ninguna obligación de alimentar y vestir a los, ahora, obreros libres como antes lo hacían durante la esclavitud. Para los antiguos esclavos este sistema significó, al menos, el beneficio de contar con un terreno propio para su vivienda y para la obtención de sus alimentos. El problema del agua potable, tan serio en la isla, se solucionó afortunadamente para quienes les fue permitido usar el agua de los pozos de las plantaciones. Didi también vivió bajo este sistema. Recordaba con mucha claridad el problema del agua cuando era niño y cómo fue que lo resolvieron: Cuando volvía de la escuela, mi mamá me mandaba a sacar agua del tanque. Mamá me decía: "Anda a sacar un poco de agua y te espero con un poquito de maíz tostado". Iba contento, porque así tenía la oportunidad de conseguir maíz. Las vacas del patrón bebían agua del tanque y caminaban por el medio, pero luego se detenían para orinar. Por eso, muchas veces, cuando sacaba el agua veía que ésta tenía un color casi verde. ¡Qué dolor! Algo así no pasaría ahora. Yo decía en la casa que mi difunto papá me enseñó a cortar kadushi (cactus, Cereus rebandus) y a ponerlos junto con el agua y seguir moviendo y moviendo. El cactus chupaba todo lo sucio del agua y así quedaba el agua limpia para poder beber. Esa era la única manera de tener agua. No había otra forma. Sin embargo, había un pozo dentro de la cerca del patrón. Todo lo que estaba dentro de la cerca era del patrón y no podías decir nada tampoco. Bueno, después que las cosas se pusieron peor, fuimos a pedir al patrón que nos dejara coger un poco de agua. Habíamos hecho una tina fuera de la cerca para que la gente pudiera ir a coger el agua. Pero había veces en que hacía buen tiempo y el viento no soplaba muy fuerte y encontrabas a diez personas paradas allí haciendo fila para poder llevarse un poco de agua. ¡Fíjate! Si tú no la pasas mal, tú no sabes lo malo que está. Ahora yo sé cómo son las cosas, pero cuando estábamos pasando por todo aquello, no nos dábamos cuenta.(17) Las personas que como Didi vivían bajo este sistema -a cambio de algunos privilegios como el uso de terrenos y de agua potable-, debían estar listos a toda hora para lo que el dueño ordenara, aunque hubiesen encontrado otro trabajo con mejor salario que el que podían obtener viviendo en la plantación. Didi demostró también que cuando las personas se unían, podían cambiar las cosas. Como las plantaciones no tenían trabajo todo el año, los obreros se veían obligados a buscar trabajo en otra parte. Chelu (entrevistado en 1984, a la edad de 82 años) también hizo hincapié en el hecho de que siempre debía estar listo para hacer los trabajos del patrón, quien no tomaba en cuenta el deseo y las aspiraciones de las personas que vivían en su campo o kunuku: Mi papá estuvo viajando a bordo del Flambechi, del Zulia, del Caracas y del Maracaibo. Él hacía viajes a Maracaibo, Caracas y los Estados Unidos; ganaba un ría [quince centavos] por hora. En ese tiempo era mucho. Cuando llegó el fin de año el patrón me dijo: "Tu papá no está aquí". Yo tenía ocho años (había nacido en 1898) y en ese entonces iba a la escuela. Entonces bajé y mi mamá me dijo: "Hijo, tienes que ir a Punda, anda a ver si encuentras a Pachi". Salí y me fui, no podría ir ya más a la escuela; entonces lloré. Tenía voluntad para aprender pero no había nada que hacer. Luego fui a Punda y cuando llegué me dijeron: "Tu papá salió hace ya muchas horas, él dejó cosas con Chiné en la calle Hanchi de Punda". Chiné vendía cosas. Fui donde Chiné y él me dijo: "Tu papá dejó este atado para ti". Él dejó tres plaka para mí. Con esas tres plaka yo compré un plaka de queso y dos panes para mi camino de regreso a casa. Salí a pie después del mediodía. Llegué a casa. Al día siguiente vi al patrón que me dijo: "¡Oh!, ¿Adol no viene?" No, él se fue al mar. Todos los años él (mi papá) tenía que estar, ¿no? todos los años iba a trabajar. El día que el patrón quería, ese día tenía que quedarse sin ir a Punda. Él trabajaba con mi abuela. Mi papá cogía la olla de funchi con la comida y la ponía en la carreta y se la llevaba. Mi abuela prendía la candela; hacía café para todos los trabajadores que venían. Había 40 hombres que trabajaban para el patrón. En el día de sembrar, de plantar, encontrabas mucha gente que sembraba y plantaba.(18) Chelu explicó que en este trabajo no había distinción de sexo y de edad; las mujeres y los niños tenían que ayudar en la agricultura. Chelu recordaba muy bien la forma en que la gente se rebelaba en contra del sistema; así lo hizo la joven, de la que habla en el siguiente relato: Las mujeres, los muchachos, las jovencitas que vivían en el kunuku, todos tenían que salir a plantar para el patrón. Todos. Muchachos de 12, de 15 años, mujeres y hombres. Todos tenían que plantar. Todos. Se pagaba un ría por día. Cuando ibas a plantar maní, llenabas tu delantal, hacías dos huecos y ponías el maní dentro. Así después podías tener maní para hacer pan seiku [dulce de maní] y al menos podías venderlo por una plaka, ya que el patrón no te pagaba nada por trabajar. Había una muchacha que dijo: "Yo sí voy a plantar pero uno para mí, uno para el patrón; dos para mí, uno para el patrón". Ella llenó su delantal y lo llevó a su casa y allí lo vació. El papá, al ver esto dijo: "¿Qué has cogido ahora?" Ella contestó: "Hoy he cogido dos canas". Ella debía comprar sólo el azúcar y hacer un dulce grande de maní para venderlo en un plaka. Sí, ella tenía buena cabeza. Ella decía: "El patrón no me paga. Un ría me daba el patrón. Si trabajaba hasta mediodía ganaba tres plaka, un pinchi de harina y un pinchi de maíz, entonces tenía que coger de lo suyo". Eso no estaba mal, estaba bien, porque el patrón era el abusador del kunuku. Resulta que el patrón estaba en contra de mi papá. Aunque el patrón vivía con mi tía, la hermana de mi mamá, pero él no tenía consideración con nosotros. Él nos sacó de su kunuku. Ahora, esas cosas ya no se dan. El patrón mismo tiene que plantar. El doctor da Costa Gómez,(19) que en paz descanse, dijo que el kunuku no es del patrón, el kunuku es del pueblo. El doctor da Costa Gómez implantó una buena creencia. Él puso a Curazao en acción.(20) Por otra parte, el derecho que los dueños pretendían tener sobre el trabajo de los obreros, se extendía hasta sus hijos, aun cuando fueran a la escuela; así limitaban su desarrollo en la educación. Koenraad, quien creció en Siberia a comienzos de este siglo, nos cuenta lo que tuvo que hacer para quebrar el círculo vicioso de este sistema: Me crié en Siberia hasta que tuve los 17 años. Nací en 1896 en Zakitoki. Mi papá era cochero. Él manejaba la carreta y llevaba a los curas desde el hospital hasta Domi, y ese tipo de cosas. Sucedió que mi mamá murió. Después que murió mi mamá, mi abuela me llevó a Siberia, Banda Bou. Mis dos hermanas fueron a Habai en Welgelegen. Mis dos hermanos mayores se quedaron con papá. A mí, que soy el menor, me tomó mi abuela el mismo día en que enterraron a mi mamá. Entonces, fui a Siberia, más o menos cuando tenía cinco años. Después que cumplí 17 años regresé a Wishi, a la casa de mi papá. Como comencé a darme cuenta de las cosas, mis abuelos buscaron una oportunidad de enviarme a Punda para que fuera a aprender con mi papá. Entonces, subí y me fui allí, porque las cosas que el patrón quería hacer conmigo, no me gustaban. No me gustaban, no me gustaban. Todos los muchachos de mi edad fueron a Punda por estas mismas cosas. Sólo yo me había quedado con mis abuelos allá abajo. Entonces, subí y fui a donde mi papá. En Siberia existía el sistema de pagar la tierra. Había que pagar la tierra y, por esto, tenías que trabajar en el kunuku del patrón. Así te daban un kana de maíz con un depchi. Un depchi son diez centavos. Tenías que trabajar tres días para el patrón, tres días por cada año que vivías en el terreno del patrón. El día en que te tocaba trabajar y con el que pagabas la tierra, obtenías una kana de harina y un depchi, o una kana de maíz con un depchi. El depchi te servía para comprar algo más y comerlo junto con el funchi. Así era el trabajo que había en el kunuku. Los trabajos que yo había visto hacer a mis abuelos eran trabajar con el azadón en el kunuku, arreglar la cerca cuando hay que cerrarla y esas cosas. Los dueños de los kunuku te daban trabajo para que así pudieras pagar la tierra. Yo era un muchacho y trabajaba para ellos en Siberia, pero cuando me dijeron que también tenía que cuidar sus cabras no me gustó. Entonces le dije al patrón: "¡Dios me libre!" Así me busqué un problema con ellos y les dije que no me quedaba más en el kunuku. Esa misma semana subí y cogí mi camino y fui a donde mi papá allá, arriba de Wishi.(21) Las personas que vivieron bajo este sistema describen cómo este régimen de trabajo perpetuó la situación desigual existente durante la esclavitud y cómo la emancipación no significó en absoluto la igualdad entre las razas y las clases. Ello encontró también reflejo en la actitud de los dueños de las plantaciones hacia la gente que permaneció trabajando y viviendo en sus terrenos. Muchos alzaron su voz de protesta contra tal situación; así lo hizo Tokaay: Los dueños de las plantaciones nos trataban con menosprecio porque éramos pobres. Sí, porque éramos pobres. Eso no era algo de Dios, sino algo que habían decidido ellos mismos. Nos castigaban, hablaban en mala forma con nosotros. Teníamos que permanecer sumisos. Ellos tenían que dominarnos. Así era esa gente. Se comportaban como gente que nunca iba a morir, que nunca quería morir e irse de este mundo.(22)
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Content © Rose Mary Allen, 2002 - Copyright © CaribSeek 2002, All Rights Reserved. Web Published: May 2, 2002